Escuchar el azul

27 Jun

Escuchar el azul

Escuchar el azul

Para Hegel pensar con sonidos sería el lenguaje ideal. Afirmación revolucionaria para una civilización como la nuestra en la que predomina el ver sobre el escuchar.  La música es presencia pura y exige una ampliación de la percepción hasta el infinito. Ésta ampliación permite la ruptura con la identidad, con lo fijo, al mismo tiempo que es una experiencia individual. Cada sonido es un acto en sí mismo, sin pretensión: está suspenso en el vacío, abierto a la continuidad, concretando el acaso. Cada acorde va seguido de su reverberación, cuando ésta se desvanece, aparece un nuevo sonido.  Pensar con sonidos, entonces, implica que el pensar no sea de-terminante, lo que supone la posibilidad de que las cosas sean experiencias, un discurrir sobre el azar y la nada.

Por ello, la música se confunde con la vida. Ambas tienen relación con lo innominable, con lo impensable. Ambas proponen una tensión con el silencio, donde están enterradas todas las preguntas, donde nos lanzamos en busca de  respuestas intentando abolir los límites, escuchar lo que no se puede oír.

Una civilización fundada en la visión, tal vez sea incapaz de percibir la dimensión de silencio del que nace cada palabra, cada sonido, cada sentido. Tal vez sea incapaz de asimilar que lo inaudible se hace audible infinito. Es decir,  indica un pensamiento en el que lo posible nunca cede y no es una categoría de oposición o exclusión del imposible. He aquí el elemento diabólico de la música (y de la vida): lo imposible acontece. En la infinidad de lo posible está lo inacabable: ritmo interior lindando sonido y  silencio: canto mudo donde el silencio mantiene la continuidad de la música. Así es posible escuchar el azul, la caricia, el olor de las flores, el gusto de un beso.

Sí, “sin la música la vida sería un error”, conforme dice Nietzsche. Porque ella supone no sólo un alivio al tormento de existir, como muchos argumentan, sino un nuevo modo de vivir, bailando con el sonido del infinito. La música, ese lenguaje que danza, coloca en movimiento el pensamiento sonoro y hay que cerrar los ojos para oírlo. El pensamiento no piensa, es pensado por el cuerpo. La música invade y sensibiliza la mente humana provocando una especie de éxtasis que flue por todos los sentidos, una orgia dionisiaca. Para Aristóteles “la música imita directamente, es decir, representa las pasiones o estados del alma – apacibilidad, enojo, valor, templanza, y sus opuestos y otras cualidades; por lo tanto, cuando se escucha música que imita cierta pasión, se es imbuido por la misma pasión”. Acepto que la música ofrece a las pasiones el medio de obtener placer. Ahora bien, ella no es imitación, porque es movimiento, vibraciones, oscilaciones portadoras de lo inusitado y lo inacabable. Comienza a cada momento, con cada sonido, murmullo, así como muere. El oyente ya no percibe un discurso musical, sino que contempla, a través de esos encajes sonoros, el fluir de la vida en perpetua mutación. Sin preguntar nada, no se puede: la música se calla. Sin decir nada sigue. La música capta las fuerzas del tiempo, de la vida y las devuelve en forma de estremecimientos sonoros.  Es el canto que hace el viento en el follaje, los peces besando el agua, los amantes con sus cuerpos deseosos. Es el eco de la nada, del caos, un pensar que descarta lo fijo, lo estable, que acepta la complejidad de un espacio múltiple. Ese lenguaje que danza nos sitúa en ningún lugar, sólo nos invita a fluir, con la boca llena de gorjeos, a escuchar el silencio.

Carla Carbatti

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