El vendedor de hielo

28 Nov

Os cuento una historia

En Sicilia, en un pequeño pueblo al lado del mar, durante las calientes tardes del verano en los años 40, normalmente pasaban cosas magníficas, una de ellas era: “El señor que vendía el … “<< Hielo, Hielo >> era lo que él gritaba con su vozarrón.

 

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Caminaba lentamente trayendo el carrito con sus brazos fuertes y bronceados.

Era un señor que todas las mujeres miraban fascinadas, de hecho era muy guapo “u ghiacciularo “.

Llamaba siempre a la atención, con aquel carrito, llevando bloques de hielo.

Las personas más ricas le pagaban y a cambio de cinco liras el señor les proveía de una parte del fresco hielo, el cual se utiliza para enfriar bebidas y mantener los alimentos.

Había quien vino de lejos para comprarle un poquito. Los que vivían cerca no tenían tiempo para ponerse las babuchas tanta era la euforia. Casi todo el mundo estaba descalzo y había quien tenía solo la ropa interior, por la prisa.

Reconocían el sonido del carrito que arrastraba, durante el camino, la caliente calle; dejaban de hacer cualquier cosa para correr hacia el vendedor. De repente, la carretera principal con su desértico calor se inundaba de un gran número de niños entusiastas que salían a escondidas de sus casas y del control de sus padres.

Los niños estaban listos y alertas alrededor del carrito, sin permitirse ninguna distracción.

 

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Cuando “u ghiacciularo” cortaba con martillo y cincel el hielo para obtener las dimensiones correctas de acuerdo con lo que le pidieran, le escapaban una multitud de fragmentos que se le habrían adherido a la tierra si no fuera por los niños, que rápidamente luchaban bromeando para capturarlas y así se refrescaban, todavía solo un pequeño momento.

José estaba sosteniendo un vaso de agua con la esperanza de ser capaz de llenarlo de hielo.

Carlos, con el cubo lleno de la fuente, bañaba a los amigos para llegar a la primera estación.

Marta tenía, incluso antes de empezar, trenzas despeinadas por la demasiada furia con la que huía de los pretendientes.

Había quien, desde hace años, en particular Francesco, tenía experiencia y calculando la distancia correcta y el ángulo que podría garantizar mejores resultados, lograba como por arte de magia que las trizas de hielo terminaran precisamente dentro su boca golosa y de par en par!

Había también niñas que celebraban el momento saltando alegremente todo el día con la cuerda, repitiendo la canción que aproximadamente rezaba así: << bi bo los de abajo no lo sé, pero pronto lo sabré, en bì bo>>.

Cuando “u ghiacciularo” había satisfecho todas las demandas de los clientes, a toda prisa se iba con baldes llenos, pero angustiado y perseguido por los niños que pedían un poco de hielo rechazado.

La pandilla de los niños, sin embargo, no desaparecía de inmediato;  había un poco “en la mancha de humedad, que el carrito inevitablemente había dejado, para jactarse de sus victorias y burlarse de los menos afortunados, que no habían podido tomar la cantidad equivalente a un copo de nieve. Había quien con las manos juntas llevaba un número “enorme” de polvo de hielo y se apresuraba a casa corriendo con la esperanza de dejárselo mirar a su familia.

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Eso pasaba todos los sábados a las tres; siempre misma escena y mismo entusiasmo.

El único niño que no participaba en esta fiesta, era Tommasino, el hijo del vendedor que, a veces, conducía el carro, sintiéndose importante, cuando todos los demás niños lo miraban asombrados y admirados.

Despertaba la envidia de todos; Era casi el “maestro del hielo”, el unico niño que podía tener una cantidad ilimitada y de calidad definitivamente superior.

Podía elegir las piezas más claras y transparentes en la fabrica del padre, no sólo para beber, sino que se decía que incluso en el días de siroco, que se lavaba en una bañera llena de hielo!

En verdad de vez en cuando pensaba en cómo iba a ser feliz: ganar lo que él siempre había tenido.

Le habría encantado divertirse con los amigos.

Quería tomar un trofeo a su madre, y recibir en cambio un buen beso cariñoso como el que Paloma plasmaba en el rostro de su hijo Miguelito, haciéndolo sonrojar todo.

En su lugar estaba allí, casi despectivo, por encima de la cesta, espectador de la fiesta de los demás, sonriendo por sí mismo para ocultar su profunda tristeza.

¡Quería alcanzar la felicidad!

En una de estas tardes, algo realmente sorprendente e inesperado pasó: como un hechizo que rompió la monotonía festiva.

El más valiente de todos grito’: << Vamos! Bajad >>, y al instante en la mejilla de Tomassino una lágrima fría corrió, símbolo del hielo de un alma que se derrite!

Debora Collotta

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