Los pensamientos de una noche de otoño

8 Dic

Estoy aquí en Santiago desde hace 3 meses, y cada día me asombro más por las oportunidades que ofrece estar aquí de Erasmus.

Estamos acostumbrados a pensar en tener todo el tiempo del mundo para hacer lo que nos gusta más, a vivir todos los días sin disfrutarlos realmente, como si nuestra vida fuera ilimitada. Cuando la mayoría de la gente habla de hacer el Erasmus y de su significado, cuenta de la importancia de conocer nueva gente y nuevas culturas, de aprender un nuevo idioma. Yo intentaré hablar de una cosa quizás menos divertida, pero no por eso menos importante: el año de intercambio vivido como una oportunidad para conocerse, antes de conocer a los demás.

 

Solo hace falta fijarse en todo lo que estamos viviendo aquí y ahora tiene una fecha de caducidad. Amistades, amores, vida universitaria, hasta las peleas con tus compañeros de piso para organizar los turnos de limpieza. Aunque hablar de esto parezca deprimente, pienso que puede permitirnos apreciar más las pequeñas cosas de la cotidianeidad. Los romanos solían decir “Carpe diem”: dos pequeñas palabras que te invitaban a disfrutar de cada instante, a pesar de las dificultades diarias y a hacer todo lo que podías para estar feliz.

Desde que estudio español, me he fijado mucho en la diferencia entre ser y estar. El primer verbo se usa para describir algo que es así, que no cambia y no puede cambiar a pesar de todo, algo inmutable y duradero; el segundo se utiliza para expresar la idea de la fugacidad, del pasaje, del tiempo que se va y que modifica todo. Me parece muy raro que en otros idiomas, por ejemplo en italiano, esta diferencia no exista. Creo que si existiera, sin duda enriquecería nuestro vocabulario y quizás nuestra forma de vivir.

Me explico mejor: todo el mundo, por lo menos una vez en su vida, ha pronunciado la frase “Estoy feliz”. Yo la primera. Pero mi pregunta es: cuánta gente puede decir que es  feliz?

Una vez leí que la felicidad no es un punto de llegada, sino un estilo de vida. Hay gente que para buscar su felicidad (no en el sentido general, sino en el sentido de encontrarse bien consigo mismos y con su propios pensamientos) se marcha de su casa, gente que se casa, gente que hace el camino de Santiago y, por fin, gente que hace un intercambio.

En estos tres meses aquí he aprendido que el primer sitio donde hay que buscar para encontrar la felicidad es en nuestra alma. Y no hay nada más importante que esto porque, antes de aprender – y empezar – a disfrutar de la vida y de sus regalos, hay que aprender a amarse. El hecho de donar felicidad y alegría es imposible si no se entiende que antes de dar algo hace falta tenerlo.

Sé que esto solo es el comienzo de mi camino, y que la ruta es larga y difícil, pero ahora tengo una cosa más: puedo comparar mi anterior forma de vivir con la forma en la que estoy intentando vivir ahora. Me gusta pensar que he llegado a un punto en que ya no puedo volver atrás. Aunque tengo que aprender muchas cosas y caminar mucho, ahora, gracias a mi vida aquí, sé adónde quiero llegar: a poder, un día, sonriendo, decir: “Soy feliz”.

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