La experiencia estética

31 May

Al final de un día muy cansado me gusta bañarme con agua caliente escuchando canciones. El agua caliente (lo justo) me gusta a nivel sensorial, mientras escuchar una buena canción – como Swim de Ani DiFranco – me gusta a un nivel diferente: me gusta no solo oír ciertos sonidos, sino también escuchar cómo la cantante enfatiza algunas palabras con su voz y como los sonidos están estructurados armoniosamente. Normalmente, no necesitamos aprender a apreciar el efecto del agua caliente sobre nuestra piel o el efecto refrescante de una cerveza helada. Al contrario, si yo no hablara inglés y no estuviese acostumbrada a escuchar canciones desde que era pequeña, no sabría apreciar adecuadamente a Ani DiFranco cantando Swim. Y lo mismo vale para todos.

A veces, mientras me baño y escucho canciones me pongo a leer el New York Times en el móvil y puede pasar que lea un artículo sobre un tema que me interesa mucho: informarme sobre ese tema también me gusta, pero a nivel intelectual. Podría sentir el mismísimo placer intelectual leyendo otro artículo con el mismo contenido de información – por ejemplo un artículo un poco más largo y escrito en español. Otra vez, escuchar una canción es diferente: escuchar una versión de Swim para una cantante con otro timbre de voz y con ritmo diferente no me gustaría de la misma manera que me gusta escuchar Swim cantada por Ani DiFranco.

Cuando los filósofos hablan de experiencia estética, se refieren a experiencias tales como la de escuchar una canción, la de leer una novela, la de ver una película, la de contemplar el atardecer sobre el mar, y la de prestar atención al diseño de un coche de lujo. Nuestras intuiciones sobre las experiencias estéticas nos dicen que estas son experiencias de un género peculiar de placer, que difiere tanto del simple placer sensorial como del placer intelectual, aunque tenga un carácter en parte sensorial y en parte intelectual.

Las experiencias estéticas son una parte central de la vida de todos. Viajamos para poder contemplar paisajes naturales, animales exóticos, edificios y monumentos. Elegimos atentamente la ropa para que nos quede bien, escuchamos horas y horas de música, vemos un montón de películas, visitamos museos de arte visual y a veces, si no casi siempre, prestamos atención incluso a cómo disponemos la comida en el plato. Sin embargo, vivir experiencias estéticas no es como dormir o comer: se puede vivir sin viajar, sin arte (ni música, ni cine, ni novelas, ni nada), sin interesarnos por cómo nos queda la ropa o el aspecto de la comida. Se puede vivir así, pero mal. Las experiencias estéticas nos gustan, nos mejoran la vida, y por eso las consideramos importantes.

Comprender mejor la forma como funciona la experiencia estética y de dónde viene el placer de género paticular que ella nos da nos ayudaría a comprendernos mejor a nosotros mismos. Por eso, los filósofos intentan averiguar si nuestras intuiciones sobre el carácter en parte sensorial y en parte intelectual de la experiencia estética son fiables, construyendo teorías sobre este tipo de experiencia – teorías que defienden con argumentos racionales a veces muy sutiles. Probablemente, lo que distingue la experiencia estética es en parte su contenido y en parte el particular tipo de valor que le conferimos. A continuación, se resumen brevemente algunas ideas sobre el contenido y el valor de la experiencia estética.

Cuando describimos La cogida y la muerte, el poema de García Lorca, como dramático en su evocación de la muerte, rico en imágenes duras (especialmente de naturaleza y animales), solemne por su ritmo, brillante por su uso de la repetición del mismo verso, original (tratándose de un poema escrito en 1935) y, en definitiva, bello, lo que describimos es el contenido de nuestra experiencia estética del poema. Otra descripción de la muerte de un torero, con palabras, ritmo e imágenes diferentes, podría darnos la misma información que nos da La cogida y la muerte, sin parecernos ni dramática, ni solemne, ni brillante – es decir, sin parecernos bella de ninguna manera. Es porque atribuimos a La cogida y la muerte propiedades estéticas (como ser dramático, brillante, etc.) por lo que hacemos una experiencia estética de este poema. Para atribuir ciertas propiedades estéticas a un objeto necesitamos percibirlo: por eso decimos que las propiedades estéticas tienen un aspecto sensorial. Sin embargo, sus carácter sensorial es solo un aspecto de tales propiedades: para decir que un poema es dramático necesitamos haber desarrollado una concepción de lo que es un drama, para decir que es original necesitamos poderlo comparar a poemas escritos anteriormente, para decir que es brillante necesitamos tener una idea de lo que nos parece interesante y de lo que nos parece aburrido, etcétera. Por eso, es evidente que las propiedades estéticas tienen también un aspecto intelectual.

Un gran problema filosófico con respecto al contenido de la experiencia estética es que no queda claro si las propiedades estéticas son propiedades reales que algunos objetos poseen o si se trata de propiedades que nosotros les atribuimos y que no existen realmente. Cuando decimos que La cogida y la muerte es solemne y bello, estamos describiendo propiedades reales del poema – como cuando decimos que Juan mide 1,80 m – o estamos atribuyendo al poema propiedades que no son reales y que, por el contrario, ‘están en los ojos del que mira’ – como cuando decimos que Juan es el hombre de nuestra vida? Por un lado, la experiencia cotidiana nos demuestra que las opiniones sobre las propiedades estéticas de poemas, películas, prendas de ropa y muchísimos otros objetos son muy variadas y que parecen cambiar según la cultura y la experiencia de cada uno. Por otro lado, la experiencia cotidiana nos demuestra también que discutir sobre las propiedades estéticas de una película no es como discutir sobre el tema: ‘es mejor el helado de fresa o el de limón?’. Si yo prefiero el limón y mi amiga la fresa, no voy a perder el tiempo intentando persuadir mi amiga de que el limón es superior. Se trataría de una discusión inútil e irracional. Mientras que si a una gran crítica de cine Mujeres al borde de un ataque de nervios le parece estupenda y si a su amiga que no sabe nada de cine esa película no le gusta nada, la crítica tiene toda la razón al hacer el esfuerzo de explicarle a su amiga en qué tiene que fijarse para ver las buenas cualidades de la película – es decir, su propiedades estéticas. Y – si la crítica es buena explicándose y su amiga está interesada en escuchar su explicación – puede que la amiga mude de opinión. Observaciones como esta nos hacen sospechar que las propiedades estéticas sean algo real, algo que los objetos poseen realmente y que la crítica de cine puede indicarle a su amiga – de la misma manera en que se puede indicar que Juan tiene un anillo en el anular izquierdo.

El otro aspecto peculiar de las experiencias estéticas es el valor que les damos. La teoría más famosa sobre ese tema proviene originariamente de Immanuel Kant, un filósofo alemán del siglo XVIII, y argumenta que las experiencias estéticas tienen un valor intrínseco: la razón por la cual estas experiencias nos parecen tan importantes es que nos damos cuenta de que no tienen reemplazo. Como decía antes, escuchar Swim cantada por Ani DiFranco no es lo mismo que escuchar Swim cantada por otra cantante. Leer La cogida y la muerte no es lo mismo que leer otro poema sobre los mismísimos temas (la corrida de toros, la muerte, el destino). Mirar el Guernica no es lo mismo que mirar una foto del bombardeo de Guernica. Es porque Swim cantada por Ani DiFranco tiene una cierta melodía, porque su texto usa ciertas palabras en un cierto orden, porque Ani DiFranco tiene un cierto timbre de voz por lo que escuchar Swim cantada por Ani DiFranco me produce un efecto particular. Es porque el Guernica tiene ciertas figuras pintadas en ciertos colores y a través de ciertas líneas y porque tiene ciertas dimensiones por lo que mirarlo me produce un efecto particular. El valor estético, entonces, no es simplemente el valor que damos a las experiencias estéticas porque nos gustan, sino más bien es el valor que les damos porque nos gustan y nos damos cuenta que no tienen reemplazo, que no hay otras experiencias que nos puedan gustar en la mismísima manera. Por el contrario, hay muchas cosas que nos gustan y que tienen reemplazo: por ejemplo, me gusta haber dormido bien anoche, pero si la noche que viene dormiré igualmente bien las dos experiencias me parecerán totalmente equivalentes.

Elisa Caldarola

 

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